El peritaje del palimpsesto: sobre Las cenizas de noviembre

 Por Patricia Rivera

Si en su primera entrega Julia Delgado tuvo que lidiar con el frío arqueológico de El niño del Plomo, en Las cenizas de noviembre Cristián Orellana nos arroja sin anestesia al calor entrópico de un Santiago que se devora a sí mismo durante el Estallido social de 2019. Julia transita de la custodia de lo sagrado precolombino al peritaje de un desastre urbano contemporáneo.



La detective Delgado, en su metodología de trabajo, no busca la "captura" (ese término tan policial como fotográfico que implica la detención de un cuerpo o de un instante), sino la "exposición" de los hechos (el acto político de revelar lo que la ceniza y el humo pretenden velar). La genialidad de Julia Delgado radica en su ojo educado en Historia del Arte, que sitúa con la curiosidad y objetividad de una observadora que busca el valor estético en lo que observa. Mientras los peritos tradicionales andan por la vida oliendo pólvora y buscando casquillos, Julia busca "arrepentimientos" (ese término técnico que define los cambios de composición en un lienzo ocultos bajo la superficie) en la escena del crimen. Su formación no es un adorno curricular, sino un dispositivo de resistencia técnica y, a la vez, un lente ético, que sostiene una mirada documental de la realidad; de quien busca la armonía y el respeto a la dignidad de las personas. 

Es reconfortante ver cómo Orellana elude el tedioso tropo del reemplazo de género; Julia no es una detective ruda igual que sus compañeros masculinos, sino una mujer cuya mirada es técnica, horizontal y desprovista de la soberbia del experto. Su mirada es amable, sin discriminaciones arbitrarias. Los peritajes en los que la acompañamos durante la lectura nos dejan una mirada precisa, un trato respetuoso con todos sus testigos, una escucha atenta a las palabras y los contextos de los sospechosos; en definitiva, una mirada en profundidad de la persona y sus motivaciones. Su mayor ventaja estratégica en la PDI es, precisamente, la ceguera del patriarcado institucional: esos mandos verticales, inflados de testosterona y jerarquía, son absolutamente incapaces de sospechar de una mujer que se desplaza en bicicleta y habla de estética mientras se infiltra en la primera línea del estallido social.

La novela funciona como una etnografía del palimpsesto urbano santiaguino. Julia no choca contra la fuerza bruta del sistema, sino que la esquiva con la fluidez de quien sabe que el poder no se detiene, se decodifica.  

Mientras la contingencia devora el espacio público, ella preserva su mundo privado como un búnker de cordura y calma. Por un lado, es capaz de infiltrarse y enfrentarse directamente a la policía con grandes dotes de artista marcial, pero por otro tiene la sabiduría del cuidado de los espacios privados, donde la puerta de su casa se cierra, su hijo y marido duermen, y las y los lectores la volvemos a encontrar en el capítulo siguiente, en una nueva barricada, o interrogando a un nuevo sospechoso.

 Las cenizas de noviembre nos advierten que la verdadera labor policial hoy no consiste en perseguir sospechosos por la Alameda en un ejercicio de balística tosca, sino en saber leer qué intereses corporativos se esconden detrás de un encuadre (o de un incendio) aparentemente accidental. Larga vida a Julia Delgado y a su justicia estética; en un país que confunde patrimonio con escombro, necesitamos policías con una mirada sin prejuicios capaz de componer un cuadro ciudadano donde todos los rostros tengan un lugar legítimo en la composición.



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